Innúmeros hinduistas sienten una singular devoción por los pies del dios Vishnú, tan perfumados, sanos, hermosos, tan soles brillantes de inmortalidad, que de ellos –dicen– surge el río Ganges. Son venerados a la sombra de una metáfora de botánica sagrada: como lotos. En la representación iconográfica de las plantas de estos pies celestiales se suelen plasmar todos los elementos del cosmos. Mientras, entre las imágenes indias de otra religión, aparecen en el pie de Buddha los distintos símbolos de su cuerpo. Estas impresiones visuales sirven como finalidad, modelo o ideal para prácticas terapéuticas que métodos y ciencias ancestrales –verbigracia, la ayurvédica– centran en ellos.Tal dice la reflexología: en el pie está todo nuestro cuerpo reflejado (así, como en el de un buda brilla toda su corpórea budeidad). Tratarlo, curarlo, sanar estas dos inquietas raíces nómadas, vertebradas, con dedos, significa también sanarnos íntegramente. Agradecidos, hábiles e íntimos, trabajadores, benditos y humildes, los pies pasan a ser quizá los grandes olvidados del hombre occidental, a pesar de que no callan su descontento.
Pese a su alivio eficaz mediante muchas terapias existentes, hay una displicencia injusta y extendida hacia estos dinámicos miembros del arraigo, la postura erguida y el desplazamiento. Vale rendir en ellos, en los propios, algún tipo de devoción divina, saludarlos con benevolencia, genuflexión y las palmas de las manos agradecidamente juntas para después saludarnos del mismo modo entre nosotros: “Que sean tus pies los pies de tu deidad”.